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Perspectiva

Un tributo a Gordon S. Wood (1933-2026), historiador de la Revolución estadounidense

Gordon Wood

Un trágico accidente ha puesto fin a la vida y carrera de uno de los principales historiadores de Estados Unidos. Gordon S. Wood falleció el domingo a los 92 años, horas después de ser atropellado por un automóvil mientras caminaba por el estacionamiento de un supermercado en East Providence, Rhode Island. Murió ese mismo día en el Hospital de Rhode Island, a menos de un mes del 250º aniversario de la Declaración de Independencia, la conmemoración de la revolución cuya historia había dedicado toda una vida a estudiar.

Habla de la degradación de la conciencia democrática, la vida intelectual y la cultura en Estados Unidos el hecho de que la muerte de Wood, aparte de obituarios dispersos y superficiales colocados en las páginas interiores de los periódicos, haya pasado en gran medida desapercibida. El principal historiador de la fundación de su propio país ha desaparecido de la escena, justo en vísperas del semiquincentenario, sin provocar apenas un estremecimiento en la vida pública oficial.

Sin embargo, dentro de la profesión, la muerte de Wood se siente profundamente como una pérdida trágica. Varios de sus colegas, contactados por el World Socialist Web Site, transmitieron su admiración y pesar. Carol Berkin, profesora emérita del Baruch College y del Centro de Posgrado de CUNY, escribió que la obra de Wood “fue el punto de partida, incluso para aquellos de nosotros que nos centramos en los orígenes económicos o sociales de la lucha por la independencia”. James Oakes, también de CUNY, señaló que “Wood estaba comprometido con la idea de que la Guerra de Independencia fue también una revolución radical, un acontecimiento que dejó un legado inspirador que todos deberíamos apreciar”. Richard D. Brown, profesor emérito de la Universidad de Connecticut, lo recordó como “un gran erudito, una persona honesta y sin pretensiones, y un verdadero amigo. Su brillantez era manifiesta”. Mary Beth Norton, profesora emérita de la Universidad de Cornell, y Peter S. Onuf, profesor emérito de la Universidad de Virginia, enviaron mensajes similares de luto.

Timothy Hall Breen, de la Universidad de Northwestern y autor de The Will of the People [Voluntad del pueblo], escribió:

Combinando una prosa notablemente accesible con una investigación exhaustiva, Gordon Wood interpretó la Revolución estadounidense para toda una generación. Logró tender un puente entre los historiadores académicos y el público general, ofreciéndonos un poderoso relato de líderes políticos que no eran semidioses, sino hombres que combinaron creatividad y pragmatismo para dar vida a una nueva república constitucional.

La falta de pretensiones que recuerda Richard Brown no era fingida, sino un rasgo arraigado, quizás debido en parte a sus orígenes de clase trabajadora. En conversaciones, Wood presentaba su inmenso conocimiento con ligereza. Sin embargo, la amplitud de ese saber podía asombrar. Parecía llevar consigo todo el mundo de la América del siglo XVIII en la cabeza, pasando sin esfuerzo de los debates constitucionales de 1787 a la etiqueta del patronazgo y la “cortesía” en la sociedad colonial, de las anotaciones marginales de Adams y la correspondencia de Jefferson a la especulación de tierras de Aaron Burr, los esquemas del papel moneda y la política de taberna de las zonas rurales.

Wood había leído, al parecer, todo: los panfletos, los periódicos, los sermones, los diarios, los libros de cuentas, y lo retenía todo, no como un detalle anticuario inerte, sino como la textura viva de un mundo desaparecido que podía invocar a voluntad y que nunca dejó de encontrar fascinante.

En una carrera que abarcó seis décadas y numerosos libros, artículos y conferencias, Wood se consolidó como el principal historiador de la Revolución estadounidense y la Primera República. Su obra Creation of the American Republic [La creación de la República estadounidense], 1776–1787, publicada en 1968, ganó el Premio Bancroft, y su libro The Radicalism of the American Revolution [El radicalismo de la Revolución estadounidense], posiblemente el más importante jamás escrito sobre el período de la fundación estadounidense, ganó el Premio Pulitzer en 1993. Empire of Liberty: A History of the Early Republic, 1789–1815 [Imperio de la Libertad: una historia de la República naciente, 1789-1815], publicado en 2009, fue una contribución emblemática a la serie Oxford sobre la historia estadounidense iniciada por C. Vann Woodward y Richard Hofstadter.

Durante casi cuatro décadas, desde 1969 hasta su jubilación en 2008, Wood fue miembro del cuerpo docente de la Universidad de Brown, donde ostentó el título de profesor Alva O. Way.

Wood nació el 27 de noviembre de 1933 en Concord, Massachusetts, donde se libró la primera batalla de la Revolución estadounidense y donde, un siglo antes, crecieron Emerson, Thoreau y Louisa May Alcott. Creció en una familia de clase trabajadora en las cercanas Worcester y Waltham. El padre de Wood era obrero de fábrica y su madre trabajaba en una oficina. Ninguno de los dos asistió a la universidad.

Wood recordaría más tarde que encontraba insoportables las clases de historia en la secundaria, sufriendo lecciones en las que el profesor simplemente leía un libro de texto. Un instructor de latín lo animó a asistir a la cercana Universidad de Tufts, a la que asistió con financiamiento del ROTC mientras viajaba desde casa. Se graduó summa cum laude en 1955. Su posterior servicio en la Fuerza Aérea en Japón hizo que Wood abandonara sus ambiciones anteriores de una carrera en el servicio exterior. En su lugar, se matriculó como estudiante de posgrado en la Universidad de Harvard.

Allí Wood estudió bajo la dirección del brillante erudito de la época colonial, Bernard Bailyn, quien se encontraba en los inicios de una carrera notable. Precisamente en esos años, Bailyn trabajaba en un estudio minucioso del enorme corpus de panfletos que, según su hipótesis, habían creado el clima político de la Revolución estadounidense, un estudio que dio como resultado su libro más importante, The Ideological Origins of the American Revolution [Los orígenes ideológicos de la Revolución estadounidense]. Publicado en 1967, ganó tanto el Premio Bancroft como el Pulitzer y sigue siendo digno de una lectura atenta hoy en día.

La propia obra de Wood, Creation of the American Republic [La creación de la República estadounidense], a partir de su tesis doctoral que había completado bajo la dirección de Bailyn, apareció apenas un año después. Anunció el inicio de una carrera extraordinaria que claramente debía mucho al trabajo de su mentor, pero que fue, en aspectos clave, más allá. La “escuela de Bailyn”, que nutrió las carreras de una constelación de historiadores significativos —entre ellos Pauline Maier, Mary Beth Norton, Michael Kammen, Jack Rakove y Fred Anderson—, produjo tres ganadores del Premio Pulitzer además de Wood.

La obra de Wood, a diferencia de gran parte de la historia académica, era accesible para el público general. Lo logró sin sacrificar la complejidad y transmitiendo al mismo tiempo su dominio enciclopédico del archivo. Como Bailyn, Wood poseía un raro don literario, arraigado en una sensibilidad hacia las voces que sobreviven en el registro histórico y en un respeto por sus lectores. Al igual que el presente, el pasado era un mundo vivo habitado por actores que enfrentaban circunstancias cuya resolución ellos mismos no podían prever. En manos de Wood, la era revolucionaria dejaba de ser una secuencia familiar de acontecimientos resueltos, que avanzaban hacia un desenlace predeterminado por el historiador, y se convertía en un drama que se desarrollaba en tiempo real, animado por la incertidumbre, el conflicto, la posibilidad y la tragedia. “El pasado no puede ver el futuro”, le gustaba recordar Wood a estudiantes y colegas.

De esta convicción derivaba el enfático rechazo de Wood al anacronismo histórico: arrancar a las figuras históricas de su propio tiempo para imponerles los supuestos y estándares del mundo contemporáneo. Tal enfoque, insistía Wood, era inherentemente moralista e hipócrita. Halagaba al presente a expensas del pasado, convirtiendo la historia en un ejercicio de autocomplacencia, y hacía imposible una comprensión histórica genuina. Los hombres y mujeres del siglo XVIII no podían ser acusados por no pensar y actuar como las personas del siglo XXI; la tarea del historiador era comprenderlos dentro del mundo que realmente habitaron, con sus límites y posibilidades dados.

Los críticos asocian ocasionalmente a Bailyn y sus estudiantes con la “escuela del consenso” de la historia estadounidense, la cual, bajo la presión del anticomunismo de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, eliminó el conflicto de la historia estadounidense en favor de un mitológico “excepcionalismo estadounidense”. Esta visión de la obra de Bailyn y Wood es errónea. A veces denominada también “interpretación whig de la historia”, un concepto tomado de la historiografía británica, la escuela del consenso, en lo que respecta a las épocas colonial y revolucionaria, se asocia con mayor precisión con el contemporáneo de Bailyn en la Universidad de Yale, Edmund S. Morgan.

De hecho, tanto Ideological Origins de Bailyn como Creation of the American Republic de Wood revelaron un mundo de intenso conflicto. Particularmente en el caso de Bailyn, el foco de estas contiendas estaba en la ideología. Era una escuela que abordaba el registro del pensamiento humano con gran seriedad. En la obra de Wood, el elemento social era más fuerte que en la de Bailyn: la era revolucionaria no era meramente una de ideas en competencia. Detrás de la política había intereses en competencia que en última instancia encontraron expresión en la creación de conceptos completamente nuevos de poder político que tomaron la forma de la redacción de constituciones. Wood cristalizó este trabajo temprano en un conciso libro reciente, Power and Liberty: Constitutionalism in the American Revolution [Poder y libertad: constitucionalismo en la Revolución estadounidense], publicado en 2021.

Wood nunca se esforzó en exceso por identificar con precisión cuáles eran esos intereses o cómo se relacionaban con las clases sociales en el emergente mundo capitalista, una limitación dictada, en gran medida, por su fidelidad al archivo y su sensibilidad hacia la naturaleza de la sociedad misma. No existía una burguesía moderna ni una clase trabajadora asalariada significativa en el período colonial tardío, aunque ambas estaban surgiendo en la era republicana temprana. En cambio, Wood insistió, y demostró ampliamente en The Radicalism of the American Revolution [El radicalismo de la Revolución estadounidense], que lo que estaba en juego era la erosión y el eventual colapso de una sociedad monárquica.

La monarquía y sus formas sociales y de propiedad eran débiles en América, reconocía Wood, pero no obstante existían. La Revolución estadounidense se libró contra este Ancien régime tanto como la Revolución francesa una década después, una comparación de la que Wood nunca rehuyó. Era un Viejo Mundo desafiado y deshecho por lo que Jefferson llamó una nueva “aristocracia natural” de líderes republicanos. Pero, en una trágica ironía, la visión de estos Padres Fundadores de una república gobernada por estadistas desinteresados dio paso, en el relato de Wood, a una democracia bulliciosa y vulgar comandada por políticos de carrera que representaban a un nuevo “tipo medio”.

Wood alcanzaba su cenit literario cuando transmitía el sentido de tragedia sobre el desenlace de su revolución que sintieron los padres fundadores que vivieron hasta la década de 1820, figuras como Jefferson, Adams y Madison. Uno percibe que, hasta cierto punto, el autor compartía su punto de vista, que capturó de manera memorable en la conclusión de su Empire of Liberty [Imperio de Libertad]:

Ningún estadounidense había hablado con mayor elocuencia o de manera más completa del impulso radical de la Ilustración que Jefferson. Nadie había expresado el significado radical de la Revolución —el derrocamiento de reyes tiránicos y la elevación de la gente común a un grado de igualdad sin precedentes— como Jefferson. Sin embargo, siempre intuyó que su “imperio de la libertad” tenía un cáncer en su núcleo que estaba carcomiendo el mensaje de libertad e igualdad y amenazando la existencia misma de la nación y su autogobierno democrático…

Aunque Jefferson en sus últimos años trató de mantener sus esperanzas para el futuro, intuyó un desastre inminente cuyas fuentes nunca comprendió del todo. Él y sus colegas habían creado una Unión dedicada a la libertad que contenía una falla interna que casi resultaría ser su perdición. Los virginianos que tanto habían hecho para dar origen a Estados Unidos sabían en sus almas, como insinuó Madison en su consejo a su país desde más allá de la tumba, que había una “Serpiente arrastrándose con sus artimañas mortales” en su arcádico “Paraíso”. Como Madison, muchos de la generación anterior llegaron a comprender que “la esclavitud y la agricultura son incompatibles”. La Guerra Civil fue el clímax de una tragedia que estaba predestinada desde el tiempo de la Revolución. Solo con la eliminación de la esclavitud podría esta nación que Jefferson había llamado “la mejor esperanza del mundo” para la democracia comenzar siquiera a cumplir su gran promesa.

Estos y otros pasajes desmienten las afirmaciones de algunos críticos de que Wood era indiferente al tema de la esclavitud o a otras formas de opresión. Pero aunque el historiador no rehuyó la tragedia de las consecuencias no deseadas, que, como observó Trotsky, siempre “yacen inherentes en la contradicción entre el mundo despierto de la mente y la limitación estancada de los medios”, Wood insistió enfáticamente en el carácter revolucionario y transformador de la Revolución estadounidense, en su significado histórico-mundial. Nunca se apartó de esta postura.

Esto puso a Wood cada vez más en desacuerdo con lo que pasaba por “la izquierda académica”, que llegó a encontrar en la Revolución estadounidense ya fuera un esquema para perpetuar el dominio de los hombres blancos de élite —el argumento promovido por los historiadores centrados en la identidad— o bien un acontecimiento intrascendente, como sostenían los académicos influenciados por el posmodernismo. Fue precisamente en respuesta a tales argumentos que Wood escribió The Radicalism of the American Revolution [El radicalismo de la Revolución estadounidense]. El libro nunca ha sido respondido de frente por sus críticos.

Cuando el World Socialist Web Site entrevistó por primera vez a Wood en 2014, expresó su confianza en que los enfoques posmodernistas de la historia nunca ganarían amplia tracción entre el público. Sin embargo, la academia había estado incubando ideas que eventualmente servirían de base para un asalto de gran alcance contra el significado histórico de la Revolución estadounidense. La campaña surgiría nada menos que de la publicación insignia del liberalismo estadounidense, el New York Times, que anteriormente, en 1969, había elogiado The Creation of the American Republic [La creación de la República estadounidense] de Wood como “uno de la media docena de libros más importantes jamás escritos sobre la Revolución estadounidense”.

Wood ya era anciano cuando el Times lanzó este ataque contra el tema de la obra de su vida, pero respondió con el vigor de un hombre mucho más joven. Fue el World Socialist Web Site el que inició la lucha contra el Proyecto 1619. En el otoño de 2019, el WSWS publicó una serie de entrevistas con los historiadores Victoria Bynum, James Oakes y James McPherson, exponiendo los principales errores de concepto y de hecho del proyecto. En noviembre de 2019, Wood se sentó con el WSWS para una extensa entrevista propia. En conjunto, estas entrevistas fueron leídas cientos de miles de veces. Wood se unió posteriormente a varios de estos historiadores en una carta abierta al Times, que planteó las críticas que se habían formulado por primera vez en las entrevistas del WSWS y exigió correcciones.

El Times se vio forzado a tomar la defensiva. Sus defensores en la pseudoizquierda académica lanzaron ataques viciosos contra Wood y McPherson, encabezados por Nikole Hannah-Jones, quien condenó a estos eminentes eruditos como “historiadores blancos” que nunca podrían entender la historia estadounidense debido a su raza. Hannah-Jones elaboró una visión cuasi zoológica en la que no solo la raza determinaba la visión de la historia, sino en la que la historia misma era el desarrollo interminable del conflicto entre los “estadounidenses blancos” y los negros. Sigue siendo una parodia y una vergüenza que tan pocos en la profesión encontraran el valor para oponerse a estos ataques viles e intelectualmente en bancarrota.

Frente a ellos, Wood perseveró con una energía notable. Continuó su colaboración con el World Socialist Web Site, participando en un importante seminario web el Día de la Independencia de Estados Unidos de 2020, “El lugar de las dos revoluciones estadounidenses: pasado, presente y futuro”. Miles y miles vieron este evento, que también incluyó a Oakes, Bynum, Clayborne Carson de la Universidad de Stanford y Richard Carwardine de Oxford, así como al historiador laboral y redactor del WSWS Tom Mackaman, y a David North, presidente del consejo editorial del WSWS.

Wood no era socialista ni marxista, y ni él ni el WSWS afirmaron lo contrario. Lo que unió nuestro trabajo fue una insistencia común en que la Revolución estadounidense fue un acontecimiento transformador —que fue efectivamente una revolución—, así como nuestra insistencia común en un enfoque veraz y objetivo de la historia.

Wood apreciaba esta colaboración. En 2021 escribió a su entrevistador del WSWS: “pareces ser el único historiador que entiende lo que estaba diciendo en mi libro Radicalism”. La correspondencia continuó hasta pocas semanas antes de su muerte. Wood dijo que finalmente se había retirado de la escritura —“a los 92 sería insensato” continuar, escribió—, pero que esperaba con interés un calendario completo de eventos conmemorando el 250º aniversario de la Revolución estadounidense.

Al final de su vida, mientras Estados Unidos se acercaba al 250º aniversario de la independencia en medio de una profunda crisis política y social, Wood se erigía como uno de los últimos grandes representantes de una tradición histórica que hoy se encuentra asediada y en peligro. Perteneció a una generación de historiadores que creían que el pasado podía entenderse objetivamente, que las ideas importaban y que las grandes revoluciones alteraban el curso de la historia humana. Rechazó el cinismo, el presentismo superficial y ahistórico, y la reducción de la historia a la raza, la identidad o el poder por sí mismo. Para él, la Revolución estadounidense siguió siendo uno de los acontecimientos decisivos en el desarrollo democrático de la humanidad, por incompletos y contradictorios que fueran sus resultados.

Esa convicción animó su labor académica a lo largo de más de medio siglo y dio a su obra su vitalidad perdurable. Será leída mucho después de que las falsificaciones racialistas y las evasiones posmodernistas que combatió en sus últimos años hayan sido desacreditadas, no solo en las obras académicas sino también, y lo más importante, por la práctica de una clase trabajadora radicalizada que extrae aliento e inspiración de los ideales de la primera revolución estadounidense.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 10 de junio de 2026)

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