Español
Perspectiva

Los rendimientos de los bonos se disparan mientras los gobiernos piden prestado para la guerra y el rearme

Edificio de la Reserva Federal en Constitution Avenue, en Washington. [Foto AP/J. Scott Applewhite, archivo] [AP Photo/J. Scott Applewhite, file]

Los rendimientos de los bonos gubernamentales han alcanzado sus niveles más altos desde antes de la crisis financiera de 2008, mientras los mercados financieros les transmiten una directiva a los gobiernos de todo el mundo: deben recortar drásticamente el gasto en todos los servicios sociales y profundizar sus ataques contra la clase obrera, con el fin de pagar la guerra y el rearme.

Ayer, los mercados de bonos mundiales fueron golpeados por una venta masiva. Los rendimientos en el Reino Unido, Alemania, Francia y Australia subieron a niveles no vistos desde la década de 1990. Los costos de endeudamiento del Reino Unido subieron a sus niveles más altos desde 2008. El rendimiento del bono japonés a 10 años, que hasta hace poco se había mantenido en niveles ultrabajos, se disparó al 3 por ciento, su nivel más alto desde 1996.

En el Reino Unido, el rendimiento del bono a 10 años saltó hasta 0,11 puntos porcentuales —un movimiento significativo, cuando los movimientos “normales” son solo una fracción minúscula de un punto porcentual—, llegando hasta el 5,26 por ciento. Los rendimientos del bono a 30 años saltaron hasta 0,12 puntos porcentuales, para alcanzar el 5,9 por ciento, el nivel más alto desde fines de la década de 1990.

El alza en los rendimientos de los bonos de EE.UU. resultó particularmente significativa porque se produjo pese a los intentos del secretario del Tesoro, Scott Bessent, por contenerlos en el extremo de largo plazo del mercado. El mes pasado, dijo que las recompras del Tesoro subirían de 2.000 millones a 4.000 millones de dólares, y posiblemente más, en cada operación, para intentar sofocar el alza.

Esta medida fracasó incluso antes de haber comenzado. El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años subió al 4,8 por ciento, su nivel más alto desde que Trump asumió el cargo en 2025, en medio de temores de que suba todavía más. El rendimiento del bono a 30 años subió al 5,27 por ciento, de vuelta al nivel en que se encontraba antes del anuncio de Bessent.

Como señaló Bloomberg, la señal fue un mensaje claro por parte del mayor mercado de bonos del mundo: “Hará falta mucho más que un ajuste extraordinario a las recompras del Tesoro para calmar a los inversores preocupados por el aumento de la deuda nacional y la inflación persistentemente elevada”.

Este fracaso es sintomático no solo de la situación inmediata, sino de un proceso histórico más profundo: la desintegración de todos los métodos utilizados por EE.UU. y otros gobiernos para contener la crisis, cada vez más profunda, de la economía capitalista mundial y su sistema financiero, la cual ha estallado con creciente ferocidad a lo largo de las últimas tres décadas.

Tras el colapso de Lehman Brothers en 2008, que desató la crisis financiera más profunda desde la década de 1930, el gobierno de EE.UU. organizó rescates de miles de millones de dólares para las corporaciones, mientras la Reserva Federal estadounidense recortaba las tasas de interés a cero e inyectaba billones de dólares en el sistema financiero mediante la flexibilización cuantitativa, a través de la compra de bonos del Tesoro y valores respaldados por hipotecas.

Pero la crisis nunca se superó. Estalló en una nueva forma en marzo de 2020, al inicio de la pandemia, cuando los temores por sus consecuencias económicas y financieras provocaron una congelación del mercado del Tesoro de EE.UU. Durante días no pudo hallarse ningún comprador para la deuda del gobierno estadounidense, supuestamente el activo financiero más seguro del mundo. La Reserva Federal intervino con unos 4 billones de dólares, desembolsando en cierto momento cientos de millones de dólares al día.

En 2008, la deuda federal de EE.UU. era de 10 billones de dólares. El mes pasado superó los 40 billones, con una factura de intereses de 1 billón de dólares al año, que se está convirtiendo rápidamente en la partida más grande del presupuesto del gobierno estadounidense. Se está desarrollando rápidamente un círculo vicioso, en el cual el gobierno debe pedir prestado dinero solo para pagar los intereses de su deuda pasada. Esto es sintomático de un Estado que se desliza hacia la bancarrota y el colapso.

Esto significa que los métodos utilizados en el pasado para rescatar al sistema financiero se están derrumbando. Estados Unidos pudo rescatarse a sí mismo gracias al papel del dólar como divisa mundial, y a la confianza en la fortaleza del sistema financiero estadounidense, lo cual le permitía recurrir a los recursos financieros del resto del mundo. Esa confianza se está desintegrando.

Esta desintegración se refleja, entre otras cosas, en un declive masivo del valor del dólar expresado en oro, la reserva última de valor real, en contraste con la montaña de capital ficticio que se observa en el crecimiento de la deuda corporativa y gubernamental, y en la escalada del mercado bursátil.

En marzo de 2020, el precio del oro rondaba los 1.500 dólares por onza. Hoy es de 4.500 dólares. En otras palabras, en el espacio de apenas seis años, el valor del dólar frente al oro, la encarnación del valor real, es un tercio de lo que era.

Medido frente al nivel de 1971, cuando el oro estaba a 35 dólares por onza, antes de que el presidente estadounidense Nixon eliminara su respaldo en oro, el declive es aún más marcado. En aquel entonces, un dólar valía una treintaicincoava parte de una onza de oro. Hoy vale una cuatro mil quinientosava parte de una onza.

El sistema capitalista mundial ha entrado en un colapso histórico, cuya máxima expresión es la entrada en una tercera guerra mundial, en la cual las clases dominantes, con EE.UU. a la cabeza, buscan resolver por medios militares las contradicciones irresolubles del sistema sobre el cual presiden.

El Noveno Congreso del Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.), celebrado el mes pasado, identificó claramente este proceso.

En su informe inaugural, el presidente nacional del Partido Socialista por la Igualdad, David North, declaró que ya “no es una cuestión de si semejante guerra estallará”. Ya había comenzado.

La guerra mundial está en marcha, desarrollándose a la manera de un proceso metastásico: se está propagando globalmente como una condición crónica y en expansión, colonizando nuevas regiones, fusionando conflictos anteriormente separados, y transformando progresivamente la economía mundial y cada Estado nacional en preparación para la conflagración general hacia la cual tiende.

Un componente central de esta transformación es la exigencia, transmitida ahora a todos los gobiernos a través de los mercados de bonos, de que deben intensificar su embestida contra la clase obrera a niveles sin precedentes, para financiar la guerra y el gasto militar.

Poniendo en palabras las cifras expresadas en los mercados financieros, el Financial Times declaró en un editorial que los gobiernos no podían ignorar las señales provenientes de los mercados de bonos, ni intentar suprimirlas.

“Eso significa abordar de frente los crecientes costos del bienestar social y las pensiones, y resistir las dádivas o los recortes de impuestos sin planes de financiamiento creíbles.” Evitar el dolor hoy solo traería más dolor mañana.

En EE.UU., el Washington Post, hablando en nombre de la oligarquía financiera, ha estado librando una campaña exigiendo que la crisis de la deuda se le imponga a la clase obrera.

El 10 de agosto, en un editorial bajo el titular “Cuándo se destruirá el presupuesto de Estados Unidos, de manera desastrosa”, advirtió que si “EE.UU. necesita aumentar el gasto de defensa para una guerra prolongada, no tiene mucho margen para crecer”.

El 24 de agosto, bajo el titular “Para controlar la deuda nacional, comiencen por el sistema de jubilaciones”, fue más específico, afirmando que no existía “ninguna vía realista hacia la solvencia para el gobierno de EE.UU. sin cambios al sistema de jubilaciones”.

La venta masiva de bonos es una expresión de la crisis histórica del sistema capitalista, de la cual la guerra, la crisis de la deuda y el ataque cada vez más profundo contra la clase obrera son partes interconectadas.

La acumulación de la deuda se ha contraído para sostener al sistema financiero y enriquecer a los oligarcas que lo dominan. Ahora exigen que la clase obrera pague por la crisis que ellos, y las instituciones del Estado capitalista, han creado.

Los trabajadores no crearon la deuda. Deben negarse a pagarla. Esa negativa debe concretarse mediante la lucha política por un programa socialista internacionalista: la conquista del poder político por parte de la clase obrera, la expropiación de la oligarquía financiera, y la transferencia de los bancos y las grandes corporaciones a la propiedad pública bajo control democrático.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 01/09/2026)

Loading