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Perspectiva

La crisis capitalista, la guerra imperialista y la revolución socialista mundial

Esta conferencia fue pronunciada por David North el lunes 2 de noviembre de 2026 en la Universidad de California en Berkeley. North es presidente del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site y presidente nacional del Partido Socialista por la Igualdad (PSI) de Estados Unidos.

Mañana se contarán los votos emitidos en las elecciones de 2026. La pregunta que debe ser el punto de partida de cualquier análisis serio de estas elecciones es: ¿cuál es el tema que debería dominarlas?

El Wall Street Journal ha informado que Washington les ha dicho a varios Gobiernos árabes del golfo Pérsico que se preparen para la reanudación de la guerra contra Irán, una “campaña breve e intensa”, después de las elecciones. El almirante Brad Cooper, comandante del Comando Central, dio un informe en persona al presidente el jueves pasado, en presencia del secretario de Defensa Hegseth y del general Caine. Se espera que el grupo de ataque del portaaviones USS Theodore Roosevelt y el Grupo Anfibio de Preparación del USS Makin Island lleguen a la región a finales de noviembre, lo que podría elevar a tres el número de portaaviones.

Una columna de humo de una instalación petrolera atacada por EE.UU. e Israel en Teherán, Irán, 8 de marzo de 206 [AP Photo/Vahid Salemi]

El senador por Connecticut Chris Murphy, quien ha recibido un informe clasificado sobre lo que se pretende, ha declarado públicamente que “el plan es una locura. No logrará sus objetivos y desatará un nuevo ciclo de escalada”. Ha dicho que el plan producirá una guerra prolongada y cada vez más intensa, y lo ha vinculado con los informes de que la lista de objetivos incluye infraestructura civil. Usó la expresión “escalada devastadora”.

Las listas de objetivos en discusión van desde la instalación profundamente enterrada en la montaña Pickaxe hasta el asesinato de comandantes de la Guardia Revolucionaria y lo que el Financial Times describe como “infraestructura civil, como fábricas, refinerías de petróleo y centrales eléctricas”. Un vicealmirante estadounidense retirado, que fue subcomandante del Comando Central, explicó con total franqueza el atractivo de este enfoque: “Si atacaras las refinerías… entonces no tendrían ni una maldita gota de gasolina para echarles a los autos”. Esto, dijo, “realmente pondría al país de rodillas sin tener que atacar objetivos militares”.

Irán es un país de 90 millones de personas. Como toda sociedad moderna, su existencia depende de la electricidad. La electricidad purifica el agua y hace funcionar el tratamiento de aguas residuales. Refrigera los alimentos y las medicinas. Bombea el agua a los pisos superiores de los edificios de apartamentos y hace funcionar los equipos de los hospitales y las incubadoras de las salas de maternidad. Destruir el sistema eléctrico de un país de 90 millones de personas es condenar a muerte a un número desconocido pero muy grande de ellas, no por explosiones, sino por tifoidea, cólera, disentería y las enfermedades del agua contaminada, sobre todo entre los más pequeños, los ancianos y los enfermos.

Sabemos lo que esto produce, porque Estados Unidos se lo hizo a Irak hace 35 años. Middle East Watch informó en 1991 que “los aliados prácticamente destruyeron el sistema eléctrico de Irak, incluidas cuatro de las cinco centrales hidroeléctricas del país”. El general Schwarzkopf afirmó que el 25 por ciento de la capacidad de generación de Irak había quedado “completamente inoperativa” y otro 50 por ciento, “degradada”. La consecuencia, proseguía el informe, fue que “las instalaciones de purificación de agua y de tratamiento de aguas residuales del país, dependientes de la electricidad, quedaron paralizadas, lo que creó un grave peligro para la salud”, mientras que los hospitales afrontaron la emergencia resultante con, “a lo sumo, un suministro eléctrico errático proporcionado por generadores de respaldo”. El informe estimaba las muertes por bombardeo directo en quizás entre 2.500 y 3.000, y añadía que estas cifras “no incluyen el número sustancialmente mayor de muertes que pueden atribuirse a la desnutrición, las enfermedades y la falta de atención médica”.

Las consecuencias se podían prever. La Agencia de Inteligencia de Defensa elaboró un documento fechado el 22 de enero de 1991 —cinco días después de iniciado el bombardeo— titulado “Vulnerabilidades del tratamiento de agua en Irak”, que evaluaba los efectos de privar a Irak de los medios para purificar su agua y anticipaba brotes de enfermedades. La destrucción del suministro de agua de una población civil fue estudiada de antemano.

En 1991, Irak tenía una población de unos 18 millones de personas. Irán tiene 90 millones. Lo que se está preparando es la misma operación a una escala cinco veces mayor, contra una población que ya ha soportado ocho meses de bombardeos y un bloqueo naval. Es la destrucción deliberada de las condiciones de vida de una población civil, y la prensa estadounidense la discute como si fuera un menú de opciones tácticas. La Convención sobre el Genocidio de 1948 define como genocidio el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia que pueden conllevar su destrucción física. Israel y Estados Unidos están preparando un conflicto de dimensiones genocidas.

El presidente ha planteado la cuestión de las armas nucleares. El 15 de octubre, Trump le dijo a un entrevistador: “No usaría armas nucleares. No tenemos que hacerlo. Somos la mayor potencia nuclear del mundo”. Pero en abril, durante el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán, anunció que “toda una civilización morirá esta noche, para nunca más volver”, y prometió una campaña de bombardeos que sería “el Día de las Centrales Eléctricas y el Día de los Puentes, todo en uno”. En septiembre, desde el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas, declaró que podía “aniquilar” a Irán. La amenaza de aniquilación se ha hecho repetidamente y en público.

El presidente Donald Trump y el alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, hablan con los periodistas tras su reunión en Gracie Mansion, en la ciudad de Nueva York, el 21 de septiembre de 2026. [Foto: C-SPAN] [AP Photo/Julia Demaree Nikhinson]

Solo Estados Unidos ha utilizado armas nucleares contra una población civil. La orden la dio un presidente demócrata, y el arma se usó dos veces, contra Hiroshima y Nagasaki. Y ese presidente, Harry Truman, antiguo dueño de una camisería en Independence, Misuri, dijo que no había perdido ni una noche de sueño por haber dado la orden. Reflexionando sobre el uso de la bomba por parte de Truman, el historiador estadounidense y veterano de la Segunda Guerra Mundial Gabriel Jackson escribió en 1999:

En las circunstancias específicas de agosto de 1945, el uso de la bomba atómica demostró que un jefe del Ejecutivo psicológicamente muy normal y elegido democráticamente podía usar el arma tal como la habría usado el dictador nazi. De este modo, Estados Unidos —para cualquiera que se preocupe por las distinciones morales en la conducta de los distintos tipos de gobierno— desdibujó la diferencia entre el fascismo y la democracia.

El uso de esas armas contra Irán sería un asesinato en masa: cientos de miles de personas, con toda probabilidad millones, muertas en una tarde, y los sobrevivientes con quemaduras, enfermedad por radiación y daños genéticos transmitidos a hijos aún no nacidos. Y esa es solo la realidad física.

Hay una segunda consecuencia, y concierne a todos los presentes en esta sala. Ustedes pasarían el resto de sus vidas como ciudadanos del país responsable de un genocidio. Ochenta años después de Hiroshima y Nagasaki, el intento de justificar lo que allí se hizo todavía deforma la vida política e intelectual estadounidense; la mentira de que fue necesario tiene que repetirse en cada generación porque la verdad es insoportable. El acto que hoy se contempla es de una magnitud aún mayor, se cometería a la vista de un mundo que no lo olvidaría, y no habría forma de recuperarse de él. Marcaría la desintegración moral de Estados Unidos. La pregunta que deben hacerse es: ¿qué vamos a hacer para impedir que ocurra?

Todo lo que he descrito es de conocimiento público. Lo han publicado el Wall Street Journal, el Financial Times y Axios. El presidente ha dicho en televisión que está decidiendo si “rematarlo”. Un senador de Estados Unidos ha declarado que el plan es una locura. La reanudación de una guerra que puede matar a cientos de miles de personas ha sido programada, según la prensa, para los días inmediatamente posteriores a la votación de mañana.

Y prácticamente no ha tenido ningún papel en la campaña. Ese es el hecho más asombroso de estas elecciones. No ha habido un debate serio al respecto en ninguno de los dos partidos. No se ha convertido en la cuestión central de las elecciones. Ninguna figura política importante ha exigido que las elecciones sean un referéndum sobre la guerra.

Compárese esto con 1968. Ese año, la guerra de Vietnam era el tema central de la vida política estadounidense. La oposición a ella obligó a un presidente demócrata en funciones a retirarse de la contienda el 31 de marzo. Dos candidatos, Eugene McCarthy y Robert Kennedy, se disputaron la nominación demócrata explícitamente como opositores a la guerra. Martin Luther King situó la oposición a la guerra en el centro del movimiento por los derechos civiles. King fue asesinado en abril de 1968; Robert Kennedy, en junio. La convención del partido en Chicago, en agosto, se celebró bajo asedio: los delegados debatían dentro de la sala una plataforma por la paz mientras la policía golpeaba a los manifestantes en las calles.

Hoy no hay nada parecido. El Partido Demócrata, que presenta 67 candidatos procedentes de las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia, no se ha opuesto a la guerra ni se opondrá. Y los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) —una organización que tiene escaños en el Congreso y la alcaldía de Nueva York, y que afirma hablar en nombre de la juventud radicalizada de este país— tampoco han hecho de la amenaza de destruir Irán el tema de estas elecciones. Su programa nacional, publicado en julio de este año, cuatro meses después del inicio de la guerra, no menciona en absoluto la guerra contra Irán. No menciona las armas nucleares. No menciona el imperialismo.

Demócratas de la CIA en la boleta, 2026

Pero, pese a esta evasión de la realidad, existe una sensación generalizada de que Estados Unidos se precipita hacia una crisis que supera incluso la de la época de la guerra civil. Este sentimiento general quizás no tenga todavía una articulación política, pero se basa en la crisis objetiva del capitalismo estadounidense y mundial.

I. La crisis económica

La pesadilla financiera que atormenta a la oligarquía estadounidense es que toda la estructura del crecimiento económico del país descansa ahora sobre una manía especulativa en torno a la llamada “inteligencia artificial” que ya empieza a desmoronarse.

El gasto de capital de Amazon en un solo trimestre superó los 75.000 millones de dólares, más del doble que un año antes. Su flujo de caja operativo en el último año fue de 168.300 millones de dólares, un 29 por ciento más, y su flujo de caja libre fue negativo: −42.400 millones de dólares. Meta registró un flujo de caja libre negativo por primera vez desde 2012, el año en que salió a bolsa. Las previsiones de gasto de capital de Meta para este año van de 135.000 a 145.000 millones de dólares, frente a 72.000 millones en 2025.

Estas sumas no pueden financiarse con las ganancias. La mayor parte del capital que se está volcando en esta construcción nunca se recuperará. Los mercados han comenzado a registrarlo. Alphabet perdió 482.000 millones de dólares de valor de mercado en un solo día —la segunda mayor pérdida de este tipo jamás registrada— tras revelar un déficit de flujo de caja libre de unos 9.000 millones de dólares. El viernes, el Nasdaq cayó un 2,86 por ciento; Intel, un 28,6 por ciento; y el índice de semiconductores, un 7,2 por ciento, con lo que cerró el mes con una pérdida de más del 15 por ciento.

Todo esto ocurre sobre un nivel de valoración bursátil sin precedentes. La tecnología representa ya el 39,3 por ciento del S&P 500. Las 15 mayores empresas concentran un récord del 46,7 por ciento del valor de mercado del índice; en el apogeo de la burbuja puntocom, la cifra era del 27,2 por ciento. La capitalización combinada de las cinco mayores equivale a la de las 434 más pequeñas. La relación entre la capitalización bursátil total y el producto interno bruto se situaba en el 243 por ciento a finales de septiembre, frente al 175 por ciento en marzo de 2000. En 2000, el 15 por ciento de las empresas del S&P cotizaba a más de 10 veces sus ingresos; hoy lo hace el 40 por ciento. La deuda de margen asciende a aproximadamente 1,5 billones de dólares. La deuda nacional ha superado los 40 billones de dólares, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años ronda el 4,9 por ciento y la Reserva Federal discute nuevas subidas de las tasas de interés.

Mientras tanto, la décima parte del 1 por ciento más rica de los estadounidenses posee ahora un récord del 15 por ciento de toda la riqueza de los hogares. La mitad inferior posee apenas el 2 por ciento. La propia Encuesta de Finanzas del Consumidor de la Reserva Federal muestra que, entre 2022 y 2025, la riqueza mediana real de las familias del 10 por ciento superior de la distribución del ingreso aumentó un 31 por ciento, mientras que la del 20 por ciento inferior cayó un 6 por ciento.

El 0,1 por ciento más rico posee un récord del 15 por ciento de la riqueza de los hogares de EE.UU.

Esta es la realidad económica que ningún candidato ha discutido. Sea cual sea el partido que controle el Congreso en enero, el rescate de la oligarquía financiera será bipartidista y se pagará a costa de la posición social de la clase obrera.

II. Inteligencia artificial: la catástrofe social que se está preparando

El colapso de la burbuja de la IA destruirá billones de dólares en valores de papel y los ahorros de millones de personas. Pero sería un grave error tratarlo únicamente como un acontecimiento financiero. Las interrogantes más fundamentales son en qué consiste esta tecnología, qué se está haciendo con ella y en manos de quién está.

El tema está rodeado de una gran mistificación. En primer lugar, el término “inteligencia artificial” falsifica la naturaleza de la tecnología y de lo que produce. No es “artificial” como lo son las flores de plástico, la bisutería, los estiramientos faciales, las risas grabadas y, ya puestos, el pseudosocialismo de Bernie Sanders, Ocasio-Cortez y Zohran Mamdani.

Es la reproducción y ampliación científica del trabajo intelectual humano. Está construida a partir del conocimiento acumulado de la humanidad: cada texto, cada imagen, cada artículo científico, cada línea de código producidos por el trabajo colectivo de generaciones. Los problemas matemáticos resueltos por la IA y los años de vida que añaden los medicamentos creados mediante la aplicación de la IA no son artificiales.

En los Grundrisse, Marx anticipó el surgimiento de lo que llamó el intelecto general: el conocimiento científico y técnico acumulado de la sociedad, objetivado en los instrumentos de producción. Eso es lo que se ha ensamblado ahora, y ha sido apropiado como propiedad privada de un puñado de corporaciones.

Karl Marx (1818-1883)

La IA es uno de los avances más significativos en la historia de la capacidad productiva humana. Trotsky observó en 1926 que la técnica, que bajo el capitalismo es un medio de opresión, se convierte bajo el socialismo en el medio para liberar a la humanidad del trabajo penoso. La cuestión que plantea la IA no es si debe existir. Eso lo decidió su descubrimiento y desarrollo. La cuestión es quién es su dueño, quién decide para qué se usa y quién carga con las consecuencias.

En los primeros cinco meses de este año se anunciaron casi 400.000 recortes de empleo en Estados Unidos, y la IA fue la principal razón citada por los empleadores. La tecnología que podría comprimir décadas de progreso científico en años se está utilizando, en cambio, para eliminar puestos de trabajo, intensificar la explotación de quienes conservan el suyo y vigilarlos mientras trabajan.

Tampoco debemos olvidar para qué más se está utilizando esta tecnología. Según los informes, el sistema Maven de Palantir se utilizó para atacar unos 1.000 objetivos en las primeras 24 horas de la guerra estadounidense-israelí contra Irán. La misma tecnología que, según sus promotores, podría acelerar la cura de enfermedades está produciendo en este momento listas de objetivos para la destrucción de un país de más de 90 millones de personas. Los centros de datos cuya construcción está consumiendo el capital del mundo occidental son tanto infraestructura de guerra como de comercio.

No hay solución reformista para esta crisis. Un impuesto a la IA no altera quién decide qué se produce ni a quién se echa a la calle. El senador Sanders propone un “fondo soberano de riqueza de la IA”, mediante el cual el Gobierno adquiriría participaciones en corporaciones que seguirían siendo privadas, orientadas al lucro y dueñas de la tecnología; los trabajadores no poseerían nada ni decidirían nada. La renta básica universal no es una solución, sino la administración del desempleo masivo permanente, un estipendio que el Estado paga a los que sobran después de haberlos vuelto prescindibles. Cada uno de estos planes acepta como permanente lo único que debe ser abolido.

La cuestión de quién es dueño de esta tecnología y quién la dirige no puede resolverse mediante legislación, regulación o impuestos. Es una cuestión de qué clase detenta el poder político. La expropiación de los monopolios tecnológicos —su transformación en servicios públicos, la conversión de los aumentos de productividad en una semana laboral más corta sin pérdida salarial, la subordinación de estas inmensas fuerzas productivas a una economía mundial planificada democráticamente— no puede decretarla un Congreso financiado por esos monopolios, ni un Estado capitalista cuyas fuerzas armadas y agencias de inteligencia son sus mayores clientes. Solo puede llevarla a cabo la clase obrera, en posesión del poder estatal, tras haber quebrado la resistencia de la clase dominante. El problema que plantea la IA, formulado concretamente, es el problema de la revolución socialista.

Los centros de datos son también infraestructura de guerra. La misma crisis produce ambas cosas. El capital que ya no puede encontrar una salida rentable en la producción de valor real se lanza a la especulación, y una clase dominante que no puede superar su declive económico por medios económicos recurre a la fuerza militar. La guerra contra Irán es un frente de ese proceso. No es el único.

Centro de datos de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) en Utah, 2014 (Foto: Electronic Frontier Foundation)

Esa guerra avanza al mismo tiempo que la escalada de la guerra de la OTAN y Ucrania contra Rusia, que a su vez está entrando en una etapa mucho más peligrosa. El potencial de que este conflicto se convierta en una guerra termonuclear es inmenso. El 30 de septiembre, Rusia advirtió que utilizaría “todo el arsenal de fuerzas y capacidades a su disposición, incluidas las armas nucleares” si la OTAN intentaba aislar Kaliningrado. El 18 de octubre, Ucrania atacó Rusia con más de mil drones. Las propias potencias europeas se están rearmando a una escala no vista desde los años treinta, y la presión a favor de la escalada viene tanto de Berlín, Londres y París como de Washington. No se trata de conflictos separados. Son frentes de un único proceso: el reparto violento del mundo entre las potencias imperialistas, que es el contenido de lo que el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) ha caracterizado como una guerra mundial en metástasis.

III. El movimiento de la clase obrera y la juventud

Pero hay otro frente en este proceso de crisis creciente. En las últimas siete semanas ha estallado en toda Europa un movimiento de jóvenes y trabajadores, que ahora está entrando en una nueva etapa.

En Francia llevamos casi siete semanas del levantamiento social más serio desde 1968. Comenzó el 17 de septiembre en el Lycée Saint-Exupéry de Créteil, en los suburbios obreros del sureste de París, donde los estudiantes bloquearon el liceo por las plazas docentes sin cubrir. En dos semanas, más de mil liceos se habían visto afectados y más de 200 estaban bloqueados. El 17 de octubre, el Ministerio del Interior contabilizó 550.000 manifestantes, 110.000 de ellos en París; los organizadores cifraron la participación en 800.000. El 24 de octubre, después de que el Gobierno prohibiera todas las marchas salvo las organizadas por los sindicatos y desplegara 70.000 policías y gendarmes, con soldados a cargo de custodiar los edificios públicos, el Ministerio del Interior aún contabilizó 410.000 manifestantes.

Protesta en París el 24 de octubre de 2026

La represión ha alcanzado una escala no vista en Francia en décadas. Más de 10.000 personas han sido detenidas. Un joven de 15 años en Lens perdió una mano por una granada policial; otro de 16 años en Tours perdió la visión de un ojo. Se han impuesto toques de queda nocturnos en partes de París, Marsella y Lyon. Macron ha denunciado “actos sediciosos” de la “ultraizquierda”, a la que acusa de querer “derribar la República”, y ha declarado que se prohibirán las manifestaciones “ilegítimas”.

Francia es la expresión más avanzada de un proceso continental. En Italia, a las manifestaciones estudiantiles del “Día Sin Meloni” del 16 de octubre siguieron disturbios en Milán, Turín y Bolonia; el Gobierno de Meloni ha desplegado tropas en Milán y ha decretado penas de dos a cinco años por “violencia organizada en protestas públicas”, la presunción de capacidad penal, salvo prueba en contrario, para los jóvenes de 14 a 18 años y multas a sus padres.

Un proceso continental, septiembre-noviembre de 2026

En España, el movimiento por la vivienda estalló tras el desahucio y posterior muerte de un inquilino de 87 años en Madrid; hay una huelga general por la vivienda convocada para el 11 de noviembre. En Grecia, los estudiantes acamparon por primera vez en la plaza Syntagma el 13 de octubre.

En Portugal, la policía desalojó los campamentos por la vivienda en Lisboa y Oporto. En Bélgica, los sindicatos han convocado una manifestación nacional para el 23 de noviembre. En Irlanda, cientos de miles de empleados públicos hicieron huelga el 14 de octubre. En Austria, unas 50.000 personas marcharon en Viena el 22 de octubre contra un acuerdo de financiación que deja a las universidades con un faltante de 2.000 millones de euros. En Serbia, 150.000 personas marcharon en Belgrado el 22 de octubre, tres días antes de las elecciones en las que la Lista Estudiantil derrotó a Vučić.

El movimiento ha llegado ahora a Alemania. Las protestas convocadas por una iniciativa juvenil que se hace llamar “Gen Z regelt” —más o menos, “La Generación Z manda”— movilizaron, según los organizadores, a unos 120.000 jóvenes en Berlín, Fráncfort, Colonia, Hamburgo, Múnich y otras ciudades, contra el costo de la vida y el estado de las escuelas. Las manifestaciones fueron recibidas con cañones de agua. Siguen a las huelgas escolares de principios de este año contra la nueva ley del servicio militar, según la cual todos los jóvenes de 18 años en Alemania reciben ahora un cuestionario de servicio militar, obligatorio para los varones.

Protestas de la Generación Z en Berlín, 31 de octubre de 2026

Pero el acontecimiento de mayor trascendencia se produjo hace tres días y anuncia un cambio en el carácter del movimiento. El viernes 30 de octubre, estibadores y trabajadores portuarios hicieron huelgas, piquetes y manifestaciones en 113 puertos de 22 países y regiones de cinco continentes, bajo la consigna “Los estibadores no trabajan para la guerra”. Su declaración conjunta afirmó que los puertos no deben utilizarse para transportar armas, municiones, equipo militar ni tropas.

En Italia, los paros portuarios formaron parte de una huelga general de 24 horas convocada por la confederación sindical USB contra el aumento del costo de la vida, los bajos salarios y la economía de guerra. El 27 de octubre, el ministro de Transporte, Salvini, ordenó aplazar las huelgas invocando el feriado de Todos los Santos, con multas de 500 a 1.000 euros diarios para quienes pararan de todos modos. La USB declaró ilegítima la orden e hizo huelga.

Estos trabajadores ocupan las arterias por las que se abastece la guerra. Durante un día las cerraron. La capacidad de la clase obrera internacional para detener la maquinaria bélica quedó demostrada en la práctica, en cinco continentes, el mismo día, por trabajadores que nunca se habían conocido.

La acción de los estibadores revela el potencial del poder obrero. Pero el problema de la dirección política y del programa sigue sin resolverse. Los trabajadores están entrando en lucha contra la guerra y la austeridad a través de organizaciones cuyas direcciones están comprometidas con los Gobiernos que libran la guerra e imponen la austeridad.

Estibadores y otros trabajadores portuarios marchan por El Pireo, Grecia. [Foto: PAME/X] [Photo: PAME/X]

La respuesta oficial al ascenso de la oposición de masas es la misma en todas partes. Macron culpa a la “ultraizquierda”. Trump culpa a la inmigración. Meloni culpa a los “matones”; el ministro del Interior de Merz culpa a la izquierda y a los migrantes. Ninguno de ellos menciona que los Gobiernos de Europa están, al mismo tiempo, elevando el gasto militar hacia el 5 por ciento del PIB, pagando intereses récord por sus deudas y recortando escuelas, pensiones, salud y vivienda, ni que el shock energético que impulsa la inflación es producto directo de la guerra contra Irán que ellos apoyan. La simultaneidad de estos movimientos —en una docena de países, por los mismos agravios, frente a las mismas medidas— descarta cualquier explicación en el plano de la política nacional. La erupción debe entenderse como la expresión de fuerzas económicas objetivas que operan a escala mundial.

IV. Los fundamentos objetivos

Detrás de la erupción internacional de protestas masivas está la transformación del propio proceso de producción en un sistema único, integrado a escala global. Peter Dicken, cuyo libro Global Shift es el tratado académico de referencia sobre la geografía de la economía mundial, demuestra que lo que ha surgido es una red de cadenas de producción coordinadas por corporaciones transnacionales, en la que una parte grande y creciente del comercio mundial consiste en componentes y bienes intermedios que circulan entre las etapas de un mismo proceso.

El comercio entre economías nacionales, cada una de las cuales producía bienes terminados, ha sido superado por la organización de la producción a través de las fronteras. El vehículo ensamblado en Míchigan contiene semiconductores fabricados en Taiwán con máquinas de litografía neerlandesas, arneses de cableado de Ciudad Juárez, tierras raras refinadas en China, software escrito en Bangalore y acero de mineral brasileño y australiano. La etiqueta de origen se ha convertido en una ficción. Los trabajadores de Guangdong, Stuttgart, São Paulo y Detroit trabajan en distintas estaciones de un mismo proceso.

Un vehículo, un proceso global

La consecuencia ha sido la creación de la clase obrera más grande de la historia de la humanidad. La fuerza laboral mundial casi se ha duplicado desde 1980, hasta unos 3.700 millones de personas, según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo. Cientos de millones fueron arrancados del campo en China, India, América Latina y África y arrastrados a los circuitos de la producción global; por primera vez en la historia, la mayoría de la humanidad vive en zonas urbanas. Ciertas ocupaciones que hace una generación se consideraban ajenas a la clase obrera —médicos, ingenieros, profesores universitarios, programadores— se han proletarizado.

El inmenso crecimiento de la clase obrera en las últimas cuatro décadas refuta de manera decisiva lo que ha sido, durante al menos ese mismo tiempo, una tesis esencial de la teoría social y política antimarxista: que identificar al proletariado como la fuerza revolucionaria decisiva de la sociedad capitalista, el “sepulturero” del sistema de lucro, era un error y algo irrelevante desde el punto de vista de la estrategia política.

V. El repudio de la clase obrera en la teoría antimarxista

Entre los más destacados de los exsocialistas que repudiaron la teoría marxista de la revolución proletaria estuvo el intelectual francés André Gorz, cuyo Adieux au prolétariat apareció en 1980 y fue publicado en inglés dos años después por la editorial antitrotskista Pluto Press con el título Farewell to the Working Class [en español, Adiós al proletariado]. El libro proclamaba que “el desarrollo capitalista ha producido una clase obrera que, en su conjunto, es incapaz de tomar el mando de los medios de producción y cuyos intereses inmediatos no concuerdan con una racionalidad socialista”.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe proporcionaron luego el marco teórico para un “populismo de izquierda” no socialista que influiría en una amplia gama de organizaciones pequeñoburguesas antimarxistas, entre ellas Podemos, cuyos fundadores eran sus discípulos declarados, y Syriza. Su obra principal, Hegemonía y estrategia socialista, fue publicada en 1985 por Verso, la editorial del movimiento pablista que había roto con el trotskismo en los años cincuenta. Lo que estaba en crisis, anunciaban en la introducción, era “toda una concepción del socialismo fundada en la centralidad ontológica de la clase obrera, en la afirmación de la Revolución como momento fundacional en el tránsito de un tipo de sociedad a otra”. No dejaron dudas sobre hasta dónde habían llegado: “En este punto es necesario decirlo sin ambages: hoy nos encontramos ubicados en un terreno claramente posmarxista. Ni la concepción de la subjetividad y de las clases que el marxismo elaborara, ni su visión del curso histórico del desarrollo capitalista […] pueden seguirse manteniendo hoy”.

Chantal Mouffe hablando en un evento en 2013 (crédito: Stephan Röhl-FlickR)

En esta cínica declaración de desprecio por la clase obrera están las raíces teóricas de la denuncia que hacen los DSA de lo que llaman “reduccionismo de clase”, es decir, de la centralidad de la clase obrera en la perspectiva y el programa del socialismo. El libro es un cofre lleno de vitriolo antimarxista y galimatías irracionalista, y uno lo lee con la imagen de un académico frustrado que grita desde el atril, como el desquiciado presentador de Network, que está harto del marxismo y que no piensa aguantarlo más.

Pero hay en él una frase de excepcional importancia, que ofrece la clave del pragmatismo intelectualmente en bancarrota que caracteriza la política de los DSA. Laclau y Mouffe escribieron: “Evitemos toda tentación de los «orígenes»”. Con ello querían decir: olvídense de la historia y de las luchas teóricas y políticas —contra el idealismo filosófico, el utopismo, el radicalismo pequeñoburgués y el anarquismo, y contra los sofismas y somníferos de la democracia burguesa— de las que surgió el marxismo. No hay necesidad de asimilar la crítica marxista del reformismo y el oportunismo. La teoría del Estado como un cuerpo de hombres armados, el instrumento esencial de la dominación de clase, puede ignorarse.

VI. La política de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos

En julio de 2026, el DSA publicó su programa nacional revisado con el título Workers Deserve More [Los trabajadores merecen más]. El título es toda su política. Es una súplica dirigida a nadie en particular para que los trabajadores reciban una parte mayor de lo que producen. En 1865, respondiendo al owenista John Weston, Marx dijo al Consejo General de la Primera Internacional que la clase obrera debía abandonar el lema conservador de “¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!” e inscribir en su bandera la consigna revolucionaria: “¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!”. Samuel Gompers construyó la Federación Estadounidense del Trabajo sobre ese principio conservador. Siglo y medio después, los DSA lo han adoptado como nombre de su programa.

“Los trabajadores merecen más”: el programa de los DSA

“Los trabajadores merecen más” presupone que la relación salarial seguirá existiendo y solo pide que se mejoren sus términos. La palabra explotación, el hecho de que la ganancia es el trabajo no pagado de la clase obrera y la conclusión que de ello se desprende —la abolición de la esclavitud asalariada— están ausentes. El socialismo se convierte en un llamamiento humanitario a favor de los que se lo merecen.

El programa comienza con una invitación: “Imagina tomarte un día libre del trabajo en un futuro sin capitalismo”. Ese es el método del documento. No analiza el capitalismo; le pide al lector que imagine su ausencia. No hay ninguna explicación de la crisis del capitalismo estadounidense y mundial, del declive de la hegemonía estadounidense, del capital financiero y la montaña de deuda sobre la que descansa el sistema, del impulso a repartirse por la fuerza los mercados y recursos del mundo. El imperialismo como sistema no se explica; la palabra ni siquiera aparece. La guerra contra Irán, lanzada semanas antes de que el comité de redacción iniciara su trabajo, no recibe ningún punto programático. Un programa socialista escrito en 2026 que no menciona el peligro de una guerra nuclear no puede tomarse en serio como respuesta a la crisis del mundo contemporáneo.

El marco es nacional de principio a fin. Las demandas van dirigidas al Estado estadounidense; los recursos que las pagarían son los recursos del imperialismo estadounidense; los trabajadores de China, México, India y Vietnam, cuyo trabajo está ligado al de los trabajadores estadounidenses en las mismas cadenas de producción, no aparecen por ninguna parte. La única frase internacionalista dice: “La gente de todo el mundo merece vivir su vida sin la injerencia de EE.UU.”. La clase obrera internacional, la única fuerza capaz de poner fin a la guerra, no se concibe como sujeto político.

El presidente Donald Trump estrecha la mano del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, en la Oficina Oval de la Casa Blanca, el viernes 21 de noviembre de 2025, en Washington. [AP Photo/Evan Vucci]

El programa se queja de que “el Partido Demócrata está dormido al volante”. Un partido que organizó las guerras de Irak y Afganistán, rescató a los bancos en 2008, armó la guerra en Ucrania y la destrucción de Gaza, y cuyos miembros del Congreso —entre ellos miembros del DSA— votaron en 2022 para prohibir una huelga de 115.000 trabajadores ferroviarios, no está dormido. Está despierto y haciendo su trabajo. La frase existe para justificar la permanencia del DSA dentro de ese partido, donde se sientan sus cargos electos, donde su recién elegido alcalde de Nueva York se reunió con el presidente en el Despacho Oval y donde su convención de 2025 votó crear un comité exploratorio para un candidato respaldado por el DSA en las primarias presidenciales demócratas de 2028.

VII. La posición de clase de los DSA

Los autores han redactado un programa que no tiene ningún punto sobre la guerra, sobre el papel del Partido Demócrata en ella ni sobre la cuestión del poder; uno de ellos ha explicado que se dedicó poco esfuerzo al texto porque era “más un panfleto que acompaña muchas otras campañas políticas que un programa independiente”. Estas son las decisiones de operadores políticos experimentados que funcionan como el ala izquierda del Partido Demócrata y que son hostiles al socialismo revolucionario. El propósito del programa es dar a los sentimientos anticapitalistas de jóvenes y trabajadores un vocabulario que los mantenga dentro del partido del imperialismo estadounidense, e impedir lo único que un programa socialista debe hacer: decirle a la clase obrera la verdad sobre la crisis que enfrenta y sobre la lucha que esa crisis le exigirá.

Lo más llamativo es el abismo entre lo que el DSA presenta como socialismo y la realidad política. Actuando en un país controlado por la clase dominante más brutal del mundo —que solo en las últimas tres décadas ha librado guerras que han matado a millones, que en este momento se prepara para destruir la red eléctrica y el suministro de agua de una nación de más de 90 millones de personas y que, dentro de Estados Unidos, responde con violencia a la protesta pacífica—, el DSA no ofrecen el más mínimo indicio de la profundidad y la magnitud de la lucha que hará falta para acabar con el capitalismo. Pretenden contener las mareas del militarismo imperialista y de la barbarie fascista con una escoba reformista.

El presidente Joe Biden con la representante Alexandria Ocasio-Cortez, demócrata por Nueva York y el senador Bernie Sanders, 22 de abril de 2024. [AP Photo/Manuel Balce Ceneta]

Nada de esto tiene que ver con el marxismo. Hace mucho tiempo, Marx cubrió de desprecio al pseudorradicalismo de la clase media que, “mediante pequeños trucos o grandes sentimentalismos, elimina en su fantasía la lucha revolucionaria de las clases y sus necesidades”. Frente a esta papilla políticamente vacía, declaró que el socialismo revolucionario “es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”. [Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850; Collected Works, vol. 10, pp. 126-127]

Hay una perspectiva social definida que guía la política del DSA, y Marx y Engels la identificaron en 1850, tras la traición de la clase obrera por la clase media democrática:

La pequeña burguesía democrática está muy lejos de desear la transformación de toda la sociedad; su finalidad tiende únicamente a producir los cambios en las condiciones sociales que puedan hacer su vida en la sociedad actual más confortable y provechosa. [Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850]

Si se aplica este análisis a las condiciones actuales: el DSA, descendientes políticos de los demócratas pequeñoburgueses que describió Marx, no desean otra cosa que conseguir para su descontenta base de clase media-alta una distribución más favorable de la riqueza dentro del 10 por ciento más rico de la sociedad. Esta es la aspiración social que alimenta la política de identidades y la exigencia de “equidad” en lugar de igualdad. Por eso, la consigna que levantaron en 2011 los demagogos de clase media que protestaban fue “Ocupa Wall Street” y no “Expropia Wall Street”.

VIII. Conclusión

Sea cual fuere el resultado de la votación de mañana, la política estará determinada, en última instancia, por la crisis de la economía capitalista, por el destino que se le dé a una tecnología que está transformando las condiciones de trabajo de toda la humanidad, por el impulso del imperialismo estadounidense hacia la guerra y por la respuesta de la clase obrera internacional.

La lucha por el socialismo debe basarse en una evaluación científicamente fundamentada de las contradicciones del capitalismo global y de sus implicaciones para el desarrollo de la lucha de clases. La crisis del capitalismo mundial está en la raíz del resurgimiento del fascismo y de la propagación metastásica de la guerra. Esa misma crisis está empujando a la clase obrera a la lucha a escala internacional, y dentro de la clase obrera crece el reconocimiento de la interconexión global de esa lucha; la acción de los estibadores del viernes es prueba de ello. Pero una conciencia general de esta interconexión no basta. La cuestión decisiva es si la conciencia de clase encontrará expresión en un programa que corresponda a la situación objetiva.

Esta no es una cuestión que pueda responderse al margen de la lucha. El Partido Socialista por la Igualdad, la sección estadounidense del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, interviene en la lucha de clases. Luchamos por la unificación de la clase obrera por encima de las fronteras nacionales y por la completa independencia política de la clase obrera respecto del Partido Demócrata y de todos los agentes políticos de la clase dominante.

Con ese fin, llamamos a organizar comités de base, independientes de las burocracias sindicales, para coordinar las luchas de los trabajadores en Estados Unidos e internacionalmente a través de la Alianza Internacional Obrera de Comités de Base (AIO-CB). Libramos la lucha contra la guerra como una lucha contra el sistema capitalista. Nuestro objetivo es la conquista del poder político por la clase obrera, requisito esencial para reorganizar la economía mundial sobre bases socialistas. Denunciamos como fraudes reaccionarios todas las propuestas de una vía nacional al socialismo. No existe ninguna.

El Partido Socialista por la Igualdad es un partido de la historia. Su programa no es producto de improvisaciones pragmáticas. Se nutre de la vasta experiencia de las luchas revolucionarias de todo un siglo, tanto de las victorias como de las derrotas. Basamos nuestro programa en la lucha que libró Lenin contra el oportunismo, sobre la cual se construyó el Partido Bolchevique y que condujo a la clase obrera rusa a la victoria en octubre de 1917; y en la teoría de la revolución permanente elaborada por León Trotsky, que estableció que la conquista del poder por la clase obrera solo podía lograrse y asegurarse mediante la estrategia de la revolución socialista mundial.

Por último, el trabajo del PSI y de sus camaradas internacionales está motivado por la convicción de que la tarea política central de nuestra época, de la que dependen la victoria del socialismo y el futuro de la humanidad, es la resolución de la crisis de dirección revolucionaria de la clase obrera. Esa crisis solo puede resolverse mediante la construcción del Partido Socialista por la Igualdad y de la Cuarta Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista. Hago un llamado a los estudiantes presentes esta noche: únanse a los Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la Igualdad Social (IYSSE, por sus siglas en inglés) y constrúyanlos.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 03/11/2026)

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